El Elefante


El elefante es el despertar de la conciencia. Recuerda a un niño, que tiene su primera toma de contacto consciente del mundo que lo rodea con sus recién estrenados sentidos e inicia la exploración manipulando con las manos y la boca. Sólo hay que fijarse en su trompa, toda su vida gira en torno a ella. La ha convertido en su órgano de percepción más hábil y es a la vez una extremidad, pero diferente de las cuatro que comparte con el resto de animales. De hecho, lo hace más humano. Como extremidad lo pone en relación con el exterior, como en nosotros lo hacen los brazos y las manos. Con él arranca la comida y se la lleva a la boca; la corta, la sacude en sus rodillas para expulsar la tierra y la engulle de un bocado. Con ella también aspira y luego deposita el agua en la boca haciendo el gesto de beber tan nuestro. Con ella puede ser delicado y brutal, como nosotros con las manos que las usamos para aca­riciar pero también para pegar.

También su cerebro es diferente. Es pequeño con respecto al enorme cráneo en el que se aloja. Y es porque está rodeado de aire y recubierto de una membrana mucosa conectada con los canales nasales que llevan a la trompa. Esto pone en comunicación directa a la actividad del cerebro con el aire del exterior. El aire es un ele­mento sutil y espiritual. Simboliza el despertar del cerebro humano a la conciencia. El cerebro está iniciando la actividad racional, está todavía ex­plorando y tiene la primera toma de conciencia de sí mismo, es el inicio de la memoria, del observarse en el continuo espacio tiempo como algo que permanece a pesar de lo efímero de la sensación. Es el despertar de la evolución. De hecho, los elefantes sorprenden por su memoria y por su consciencia, tienen un sueño corto y ligero que dificulta el verlos dormir.

Viven en matriarcados, en grupos familiares muy unidos donde cada individuo es muy nutritivo y protector con los suyos, con conciencia de especie: saben quiénes son y a qué familia pertenecen, saben quien los rodea y se preocupan por ello. Un despertar al conocimiento; puesto que me observo y gracias a mi memoria, me conozco, sé lo que sienten los demás a mi alre­dedor. Es la conquista, el ennoblecimiento de lo oculto, lo gris, lo inconsciente en cada cual. No se abandonan a sus sensaciones, a sus impulsos, sino que educan la vida afectiva. O sea, su trompa sería el desarrollo de la facultad de percibir lo invisible que es lo importante de la vida corriente.

Tienen conciencia de la muerte y por tanto de sus ancestros, conciencia de clan. Pasan duelo por sus fallecidos, los honran. Tienen una potente voluntad de comunidad y mucha vida interior. Con todo ello descri­ben los albores del ser humano, el primer descenso de la conciencia. Los primeros humanos entierran a sus muertos y tie­nen ritos, fabrican instrumentos y viven en clanes cerrados donde la madre tiene un fortísimo vínculo con sus hijos que permite que si­gan siendo reconocidos por ella cuando ya son maduros. Por eso entre ellos hacen demostraciones de cariño con sus trompas. Hay una jerarquía, sí, porque son necesarias normas sociales de convivencia, pero nace el amor, el vínculo. El gran repertorio de sonidos que poseen también demuestra su gran memoria, como simbolizando el inicio de la vocalización humana. El elefante simboliza el nacimiento de la conciencia de clan.

 

 

 

 

 

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *