La Anguila

De entre todos los Tótem Peces, animal de poder, hay dos que manifiestan el mensaje de la especie más que ningún otro, y son:

1º el Salmón, como el ansia o la fuerza positiva inconsciente que en nosotros desea la unión y genera amor: el supraconsciente simbolizado por la luz,

 la Anguila, como la fuerza negativa de resistencia inconsciente que genera el miedo: el subconsciente simbolizado por la oscuridad.

En este post nos ocupamos de la segunda:

La anguila tiene exactamente el mismo ciclo que el salmón, pero de ma­nera opuesta. Nace en el abismo del océano, migra al río durante su juventud, lo remonta mientras crece y se fortalece, viviendo ente­rrada en su lecho, en el barro, y luego regresa a la oscura profundidad del mar a desovar y criar.

Así como el salmón lleva una vida solitaria, las anguilas siempre van juntas en procesión. Desovan en el mar de los sargazos, una depresión a unos tres mil metros bajo el nivel del mar, y lo hace en verano cerca del cálido trópico, al contrario del Salmón que elige el invierno y las alturas de los manantiales.

 Así como, podríamos decir, que el salmón va en pos de la luz, la anguila, en cambio, elige siempre en el ámbito de lo oscuro, del abismo insondable y del fango del fondo de los ríos, huyendo de la luz y el frío. El huevo de la anguila busca la tenebrosa agua salada, para desarrollarse absolutamente aislada del mundo, en sus entrañas, se podría decir.

La anguila es de color negro y tiene forma de serpiente, simbólicamente, está total­mente atada a lo oscuro, lleva la porción de tinieblas necesaria para el crecimiento al energético y luminoso río. Como un ritmo respiratorio que alterna luz y oscuridad entre mar y río. Porque el salmón lleva luz a las profundidades del océano y la anguila, os­curidad a la claridad del agua de río.

Para un pintor son las sombras lo que dan vida al cua­dro, los matices que aportan la sensación de profundidad. Es la sal la que da el sabor al nutriente. Así, la Anguila nos dice que sin sufrimiento no hay abismo que poder trascender: no hay manantial al final del camino.

La anguila ejemplifica el punto más bajo en la evolución del hombre. Aquel que vive en el sueño profundo de los instintos, vul­nerable al exterior y sin voluntad propia, arrastrado por lo material, lo superficial y totalmente identificado. El hombre en piloto automático, gobernado por su inconsciente que está a rebosar de miedos y los oculta tras su máscara de autosuficiencia.

Ambos, Salmón y Anguila, nos hablan de que tanto luz como oscuridad son necesarias y positivas en nuestra vida. Y por eso los dos opuestos mezclan un poco de lo contrario en sus vidas. Uno lleva su luz a lo oscuro y el otro una porción de negatividad a lo vital. Una vez más poniendo de manifiesto que nuestra misión como humanos no es perderse en las alturas sino llevar lo elevado al ámbito de la forma. Remontar con las fuerzas de unión y luego volver a las fuerzas de separación para ser los ojos de esa conciencia que se maravilla con la comprensión de la materia oscura. Los ojos de la conciencia humana serían el manantial al que el salmón retorna, nace en ellos, olvida su condición luminosa yendo hacia lo oscuro y con infinitos esfuerzos, remonta a contracorriente hacia la luz de nuevo para observarse a sí mismo, de forma consciente y crearse, para reproducirse.

La anguila, en cambio, elige el camino de la tierra portando oscuridad, la ley de la resistencia, como paso doloroso y necesario sin el que no se avanza. La anguila nos trae el mensaje de que no se lucha contra la oscuridad igual que no se elimina la sal del agua del mar. La oscuridad se observa, se atiende y se comprende.

Todos tenemos un lado salmón brillante que se autoeduca y va hacia la luz y un lado anguila que huye de la luz y sufre, que es rutinario. Permitamos a los dos en nosotros, pero decidamos quién queremos ser. Cambiar hábi­tos con otros hábitos es no llegar a nada. Dejemos ser a nuestros hábitos, atendámoslos con conciencia, observemos cómo nos hacen sentir, cómo afectan a nuestro cuerpo, cómo afectan a los demás, comprendamos de dónde vienen y decidamos una nueva respuesta conscientemente, quitémosles su poder. El hábito no desaparece de la noche a la mañana, es un viejo conocido que viaja con nosotros para siempre. Debemos vigilarlo con paciencia, no perderlo de vista, comprenderlo y perdonar. Que lo oscuro no nos repugne, no nos atemorice o que no nos haga huir. Ambos nos hablan de no resistirnos a lo malo que hay en nuestra vida.

 

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