Tauromaquia


De nuevo una entrega de «El Amor que nos Rodea», la sección de Concha Romero del Toro en el podcast Plumas en los Bolsillos, un programa dedicado a los animales y el bien que hacen a nuestras vidas.

En esta ocasión un tema con mucha polémica y posiciones encontradas, La Tauromaquia, el 17º podcast en el que sobre todo, hablamos del Toro, su papel, su arquetipo, su bienestar o sufrimiento y su conciencia como animal.

el amor que nos rodea

¡Que la conciencia animal os guíe!

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El motivo de plantear este programa es que decidimos que la Tauromaquia merecía una mención especial ya que, en nuestro país, así como en el sur de Francia y en unos pocos países de Latinoamérica, hay en la actualidad una gran polémica con ella…

Lo primero que me gustaría deciros es que el Toro es mi animal de poder. Mi corazón es de bóvido, una familia que incluye el buey, la vaca, el bisonte, el búfalo, el yak, el cebú, y el uro primigenio de donde surgieron los demás géneros y especies.

Y simbólicamente, un corazón de bóvido como el mío es un corazón que se va a los extremos, en mi caso, no tengo término medio, por ejemplo, o caigo muy bien o caigo muy mal, o soy la representación de la Vaca pasturando en un prado, ejemplo de paz, agradecimiento y abundancia, mente en calma y serenidad interior, o soy un toro salvaje que acomete. Esos dos extremos conviven en mí y he terminado por aceptarlos y quererlos.

Digo esto, porque El Toro como animal de poder tiene un significado en nuestro inconsciente colectivo muy claro: él embiste, acomete y eso le caracteriza, de hecho, el Toro de Lidia español, es el único descendiente del Uro primigenio que aún conserva esa cualidad de embestir, los demás la han perdido a lo largo de la evolución. Y, por tanto, simboliza nuestro lado tierra, el cuerpo y sus resistencias, el miedo y el lado oscuro automático, simboliza nuestros instintos, pero también, la fogosa vitalidad de la tierra en primavera que permite la renovación de la vida.

Nuestro Toro interior, (que simbólicamente son esos instintos o automatismos), nos tienta, nos evalúa, pone de manifiesto nuestro grado de conciencia o nuestro grado de distracción mental, por tanto, el nivel evolutivo, es decir, nuestra capacidad de atención consciente y de auto educación, porque los instintos siempre están ahí, viajan con nosotros, pero está en nosotros el quitarles su poder y no reaccionar a lo que nos instan.

Personalmente al tener un corazón de Toro, me he visto confrontada a muchos conflictos exteriores e interiores, sin embargo, con el tiempo, he aprendido a agradecerle su labor, pues sin él no hay crecimiento, no hay comprensión de la experiencia, el Tótem Toro es mi maestro, así que he aprendido a tolerar y admirar, pero vigilar y sortear a mi toro en mí.

Es una labor de una vida, y aún me pilla desprevenida mi toro de vez en cuando, pero ahora le veo venir antes y, sobre todo, he aprendido a dejar de culparme cuando embiste y me coge por sorpresa, cuando me insta a reaccionar de formas de las que luego me arrepiento, porque como he dicho antes tengo los dos extremos y mi lado Vaca, el otro lado pacífico, en el pasado me hacía sentir mal cada vez que se manifestaba ese Toro. Esa es mi lucha interior.

No sé si os habéis dado cuenta, pero esta lucha interior casi describe a la perfección la base de una corrida de Toros. El animal en una corrida de Toros simboliza nuestra fogosidad, el lado del instinto, el lado animal, y el Torero es la conciencia, ese lado que sabe tomar distancia, ver con perspectiva, el observador que todos llevamos dentro, que nos permite salirnos de la escena y vernos en 3º persona. Esa conciencia se enfrenta a la bestia y la lidia, la sortea, no se deja embestir por ella. Muy simbólico.

Así pues, nuestro Toro bravo, es nuestro lado impetuoso, colérico, enérgico, fuerte, orgulloso, y también nuestro entusiasmo; siempre se puede afrontar o lidiar con él en el ahora, aceptándolo totalmente, pero no dejando que dicte nuestra reacción, manteniendo la serenidad del ojo del huracán, en mitad de la tormenta más devastadora.

No sé si os habéis dado cuenta también, pero esa descripción del Toro interior podría perfectamente definir nuestro carácter como país. He dicho impetuoso, colérico, enérgico, fuerte, orgulloso, en general nos describe a los españoles. Dicen de nosotros que somos rotundos y contundentes, que somos apasionados, aunque también tenemos una capacidad asombrosa de reír y disfrutar que otros envidian, y que es, sin duda, la otra parte del símbolo, el lado Vaca, que al pacer en el prado sabe cómo disfrutar de cada momento.

Por algo llamamos a la península ibérica la piel de Toro.

Al español lo define el empuje y la fuerza, que si os fijáis es la cualidad que tiene el corazón de bombear, de pulsar, de expandir. Pero esas cualidades, esa pasión desbordada también tienen un mal uso, también nos ha hecho intolerantes y fanáticos en nuestro periodo histórico más oscuro, que según mi opinión personal es la Inquisición, que tanto dolor e injusticia sembró.

Porque como otros países europeos, hemos practicado la invasión, la colonización, el genocidio y el saqueo y no hay excusa, han sido horas bajas, pero lo único que es sólo nuestro es la Inquisición, nuestra mayor mancha de karma negativo, nuestra hora más baja como país.

Pero sigo con el Toro: Históricamente, hay vestigios de rituales, ceremonias y juegos con Toros en las culturas india, mesopotámica, egipcia, griega, cretense y romana, sin embargo, todos coinciden en que el origen de la raza del Toro de lidia y de la Tauromaquia es la península ibérica, sobre todo por las ganaderías celtíberas y tartesas.

Tauromaquia viene del griego tauros, toro y machomai, luchar, por lo que se podría decir que significa la lucha con toros o el arte de lidiar toros, y sus antecedentes se remontan a la edad de bronce, en el que el toro fue un elemento muy importante en ritos, ceremonias y sacrificios, por todo lo que simboliza: esa fuerza o empuje de la que he hablado.

En la Edad Media los testimonios documentados en torno a la tauromaquia indican que las fiestas y juegos con toros estaban ya muy asentados en la Península ibérica procedentes de esos antiguos rituales en los que se practicaron diferentes formas de burlar a las reses.

A partir del siglo xv las referencias sobre la tauromaquia son más frecuentes porque la celebración de los diferentes tipos de fiestas con toros, tuvieron en este periodo un papel importante en la convivencia social, es decir, que cumplían la función de unir a la comunidad, aparte de haber nacido, seguramente, como una forma de alardear de los nobles, sobre todo, esto se sospecha del rejoneo.

A partir del siglo xvi se inicia el proceso que forma la tauromaquia clásica de manos de los nuevos toreros, este proceso dura hasta el siglo XVII, para consolidarse definitivamente en la tauromaquia moderna, en el Siglo XVIII.

Pero la Tauromaquia nació como un ritual con un enorme valor simbólico que tuvo sentido en aquella época remota, en la edad de bronce, pues la conciencia de las personas de aquella época, en aquel momento evolutivo concreto, que era más receptiva a lo simbólico, la necesitaba, sin embargo opino que hoy es un residuo inútil y decadente de ese ritual, que se repite ya sin el sentido elevado de antaño, y que agrava el gusto por el sufrimiento y la muerte que nos daña a nosotros mismos, porque es una rémora, una zona muerta que nos complica el avanzar hacia la siguiente etapa, y habría ya que pasar página.

Por ejemplo, en Portugal, en el siglo XIX, en concreto en 1836, durante el reinado de María II de Portugal, fue decretada la prohibición de la muerte de los toros en el ruedo, pero permitió y fomentó la evolución de las corridas de forma que se adoptó un estilo propio y original, los llamados Forcados, que son técnicas de burlar al toro sin derramamiento de sangre, una técnica que recuerda a la pintura de los 3 cretenses sorteando al toro en el palacio de Cnosos, en Creta.

Y eso sería un comienzo, cesar el derramamiento de sangre sin renunciar, de momento, al espectáculo.

A los Amantes del Toreo: les puedo decir que tienen razón en que se puede considerar un Arte por el simbolismo que encierra; el Arte se define, aparte de por la expresión de la creatividad, por lo que evoca en nuestro inconsciente, va directo y lo conmueve. Y el espectáculo en sí tiene un significado profundo incontestable; el toro bravo como he dicho, es el lado de tierra, el lado de los instintos y automatismos que acomete, las emociones secuestradoras que nublan la claridad mental, y el torero es la conciencia, siempre alerta frente a lo animal (entendiendo animal como lo primitivo que todos llevamos dentro por haber nacido en un cuerpo físico), la conciencia que lleva las riendas del enfrentamiento, lidiando, sorteando con habilidad los envites, y no dejándose arrollar.

El amante del Toreo admira al animal, la sinceridad e ingenuidad con la que acomete, y a la vez la destreza, el valor y confianza del torero, que simbólicamente, es la medida de su atención consciente, y cómo le da muerte, que sería simbólicamente como dar muerte a esa parte de sí mismo, al Ego, es decir, quitarle su poder. Hay algo ancestral y seductor, que nos retrotrae a la infinita lucha por trascender nuestros impulsos más primitivos.

Sin embargo, yo me encuentro entre los Detractores del Toreo, pues si nos ponemos en la piel de ese animal en la vida real, que es maltratado por divertimento de unos pocos, humillado… que sufre por las heridas, sangra, es engañado con el capote una y otra vez, es vejado, y le dan muerte, nos damos en seguida cuenta de que no tiene sentido en esta época evolutiva de la humanidad.

Personalmente no doy mi tiempo al espectáculo, opino como he dicho antes, que ya es momento de pasar página como humanidad y dejar de lado el gusto por el sufrimiento y la muerte, o también, de poner el beneficio económico por delante de cualquier moralidad, y empezar a respetar al animal como un ser con derecho a vivir su vida en su medio natural sin injerencias y sin ser un objeto de disfrute o de consumo. Además, como es el animal de mi corazón, personalmente, siento que mi esencia está en ellos y me duele especialmente verlos en esa situación.

Comprendo a los amantes y, sobre todo, a los detractores y decido admirar el símbolo y al animal, pero no el espectáculo decadente, y espero con todo el amor de mi corazón, que algún día los devotos del toreo se pongan en el lugar del animal y dejen de necesitar acudir a presenciarlo.

Como dijo Garbiñe en el anterior programa, el maestro Gandhi dijo una vez que: «La Grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en que ésta trata a sus animales»

Y nosotros somos un país de gente fuerte y apasionada, que tiene en su interior la cualidad del corazón de pulsar y avanzar y podemos hacerlo, podemos dejar de lado el gusto por la muerte y amar a nuestro Toro sin necesidad de infligirle más dolor.

Podemos, además, dar un buen uso a nuestra historia y aprender de ella, perdonarnos, perdonar y pedir ser perdonados, pero, sobre todo, no repetirla, liberándonos y liberando a esos nobles animales de tanto dolor.

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